¿Qué es un hombre? Esta es una pregunta que se plantea con
más frecuencia cuando los roles de género tradicionales son cada vez más
desafiadosy parecen verse destruidos. El hombre se define a menudo en la cara de los valores
naturalizados femeninos negativos. Pero si las mujeres se niegan a dejarlo ir,
¿qué está pasando? Es muy sencillo, estamos asistiendo a una crisis de la
masculinidad. Este libro trata de mostrar, en tres partes, y la forma en que
los hombres eran capaces de mutar con el tiempo y los requisitos. También trata
de mostrar cómo es un hombre. Para ello, el autor utiliza la conocida frase de
Simone de Beauvoir, aplicándolo a los hombres no nacen de un hombre, te haces
uno. La primera parte de este libro es una oportunidad para hacernos una
cuestión de la identidad masculina. Es universal y eterna, o cuando se ha multiplicado
y esta sujeta al cambio histórico?
1. El libro sostiene dos tesis fundamentales:
a) demostrar que la identidad masculina es una cualidad que
no está totalmente dada desde el nacimiento sino que se tiene que ganar a base
de lucha.
Expone dos posturas: la de los diferencialistas que explican
que el sexo otorga una diferencia irreductible entre ambos géneros (varón y
mujer) de tal manera que sus respectivos comportamientos son distintos y han de
ser así con un fundamento esencialmente biológico. Esa diferencia "es la
ultima ratio de sus destinos respectivos y de sus mutuas relaciones. En última
instancia es la biología la que determina la esencia masculina y femenina"
(pág. 38); y los constructivistas que adoptan una postura más cargada hacia lo
cultural, de tal manera que la biología sólo es una base sobre la que hay que
construir la masculinidad; basados en "la plasticidad humana concluyen que
no existe un modelo masculino universal, válido para cualquier lugar y en
cualquier momento. A su modo de ver la masculinidad no constituye una esencia,
sino una ideología que tiende a justificar la dominación masculina" (p.
43).
b) el redescubrimiento de una "paternidad completamente
nueva" del que llama"el hombre reconciliado". Para entender esta
concepción habría que explicar que la autora hace un análisis sociológico del
"macho" y de su comportamiento caracterizado fundamentalmente por su
oposición a lo femenino y al intento de afianzarse en su masculinidad a base de
adoptar posturas ordinariamente contrapuestas a cualquier conducta amable,
pasiva, sensible, cordial, etc. aparentemente más propias de la mujer. El
"hombre reconciliado (...) ya no se parece al padre de antaño en casi
nada" (p. 203). "Es el gentleman que sabe unir solidez y sensibilidad.
Es aquél que ha sabido reunir padre y madre, aquél que ha devenido hombre sin
herir la feminidad materna. (...) Tanto ahora como antes, el muchacho no puede
evitar esa diferenciación masculina que se traduce (en) un alejamiento respecto
de la madre y la adopción de otro modelo de identificación" (p. 197).
2. Se sostiene que es más fácil hacer una mujer que un
hombre. La evolución viril es verdaderamente la vía más difícil. Desde su
concepción, el embrión masculino lucha para no ser femenino "Nacido de una
mujer, mecido en el vientre femenino, el niño macho, al contrario de lo que le
sucede a la hembra, se ve condenado a marcar diferencias durante la mayor parte
de su vida (...) Para hacer valer su condición masculina deberá convencerse y
convencer a los demás de tres cosas: que no es una mujer, que no es un bebé y
que no es homosexual" (p. 51).
Se explica que el sexo hembra es el sexo base de todos los
mamíferos. "Los biólogos han demostrado la razón de la elección de la
hembra como sexo base entre los mamíferos: los embriones crecen en el útero de
la madre y el desarrollo fetal puede verse influenciado por la hormonas
femeninas (estrógenos y progesterona) maternas. Si el desarrollo fetal hembra
dependiese de las hormonas femeninas se correría el peligro constante de que
los embriones machos fueran feminizados al igual que los embriones hembra. Sólo
queda una solución: la independencia del desarrollo fetal de las hormonas
femeninas. Y sólo es posible programando como femenino el esquema embrionario base,
de manera que si no hay ninguna intervención, el embrión del mamífero se
desarrolla automáticamente por la vía femenina" (p. 57). Esta intervención
es producto del cromosoma "Y" que aporta el espermatozoide que
fecunda el óvulo "Es pues el macho el que engendra el macho" (p. 55).
3. Sostiene que en la actualidad hay todavía muy pocos
hombres reconciliados, según su expresión particular, y que el camino no es
fácil. Propugna por "ignorar los problemas de identidad para creer que una
misma generación de hombres, educada bajo el antiguo modelo, pueda realizar de
golpe el triple salto: el cuestionamiento de una virilidad ancestral (la del
modelo agresivo antiguo), la aceptación de una feminidad temida (en el sentido
de que el varón ha de tener algo de femenino y que no ha de temerle porque no
va en contra de su virilidad) y la invención de otra masculinidad compatible
con ella (la virilidad del hombre reconciliado)" (p. 223)
4. La autora ha hecho una magnífica investigación acudiendo
a una profusa bibliografía con datos sociológicos, experimentales, que invaden
prácticamente todas las páginas del libro. También en ese sentido se puede
afirmar que el trabajo hecho es muy serio. Se trata de un buen trabajo en el
campo biológico, social y psicológico.
5. Tratándose de un tema como es el sexo, cabrían algunas
referencias a lo sobrenatural; sin embargo no se hacen en ningún momento. Por
ello se puede completar la calificación diciendo que se trata de un análisis
tremendamente naturalista de la masculinidad, con las consecuencias peligrosas
que ello lleva consigo.
6. Una de las teoría centrales de la autora es la realidad
de la protofemeneidad masculina que Stoller contrapone a la bisexualidad
originaria de Freud, para explicar con ello el nacimiento de esa tendencia a la
afirmación continua de lo masculino como vía para la afirmación sexual del
varón. "Sólo si puede separarse sin problemas de la feminidad y de la
"hembricidad" de su madre, el chico será capaz de desarrollar
"esa identidad de género (...) que denominamos masculinidad". Sólo
entonces podrá ver a su madre, en tanto que objeto separado y heterosexual que
podrá desear No existe mejor modo de afirmar que la "masculinidad es
secundaria y que se crea: puede verse en peligro ante una unión primera y
profunda con la madre" (p. 69).
A este respecto insiste mucho en la importancia de lograr un
adecuado equilibrio en el momento de la "separación" del niño varón
de la esfera materna para que sea capaz de lograr esa diferenciación masculina
que le es necesaria para llegar a ser varón. Insiste en el riesgo latente que
existe siempre en caer en ambos extremos: carencia o exceso de protección
materna.
7. Para explicar la masculinidad necesita acudir al
expediente de la homosexualidad y lo hace extensamente exponiendo lo que
denomina "pedagogía homosexual" como prácticas sociológicas en
culturas como la de los griegos y la de las tribus baruya y sambia. Hace
relatos que resultan repulsivos. Se trata de ritos de "iniciación"
masculina en la línea de lograr una separación de lo materno y con ello de la
esfera femenina. Explica que en Occidente esos mismos ritos han cundido en
prácticas como el escultismo de los boy scouts o en la tremenda explosión del
deporte en las escuelas.
8. Aparte del componente "exclusivamente naturalista"
de su análisis, la autora hace afirmaciones que resultan peligrosas o
atrevidas, si no desfasadas en algunos casos:
a) acudiendo a James Anthony afirma que "una práctica
larga de homosexualidad durante la infancia y la adolescencia no afecta de
manera significativa la adaptación a la heterosexualidad adulta" (p. 109);
b) hace una exposición de la "sobrevaloración del
pene" en la cultura occidental que resulta chocante (pp. 166-170);
c) recomienda que "todas las campañas de prevención del
sida deben intentar convencer de que la virilidad no se halla necesariamente
ligada al peligro de muerte y que es compatible con la prudencia" (p.
174); daría la impresión de no tener en mente la ventaja de la castidad como el
mejor medio para mantenerse alejado del peligro de la enfermedad;
d) hace una defensa a los homosexuales, en la línea de que
la sociedad debe considerarlos como grupo con derechos que habría que aprender
a respetar. "Aconseja a los homosexuales que desean una terapia el
dirigirse únicamente a los analistas que también sean homosexuales" con
ánimo de que se les recomienden terapias "positivas"; los analistas
que no lo son tienden a recomendar cambios en su orientación sexual a través de
buscar relaciones heterosexuales. A este respecto queda claro que la postura de
la autora sobre los fines del sexo es ambigua, por no decir que absolutamente
errónea. Postula unos derechos para los homosexuales teniendo en mente que
también ellos tienen derecho a gozar del sexo, aunque no vaya obviamente
encaminado a la procreación;
e) explica que la homosexualidad es compatible con una
adecuada paternidad: "de este paréntesis dedicado al padre homosexual
debiera retenerse que la orientación sexual no prueba nada en cuanto a la
calidad de la paternidad" (p. 211);
f) hace una referencia innecesaria a Cristo (en la Cruz:
"Padre, por qué me has abandonado") como relato ejemplificativo,
entre otros, de referencias a una realidad social de los años 80 cuando
"se deja de atacar a la madre, volviéndose entonces las miradas hacia el
padre (...) (porque) ahora es el culpable de la desvirilización del hijo"
(p. 179): habla del padre "ausente" como la causa de esa mayor
presencia femenina en el carácter de los hijos varones.
9. Acusa a la civilización industrial de estar colaborando
en el alejar a los padres de sus hijos: "Los padres han dejado de hacer
hombres. Unos padres fantasmagóricos y más o menos «simbólicos» constituyen el
triste modelo que les sirve de identificación. A estos hijos dejados al cuidado
de sus madres, les ha costado aún más diferenciarse de ellas y conciliar su
sentimiento de identidad" (p. 151).
10. Explica que "las buenas relaciones entre padres
(varones) e hijos no son frecuentes. (...) Más que de la violencia, los hijos
se lamentan de la «ausencia» paterna. (...) La «ausencia» de la que se quejan
los hijos corresponde a los padres presentes en el hogar, pero
fantasmales" (p. 180). En cualquier caso podrían utilizarse estos datos
como un elemento más que apoye la necesidad de la formación familiar en los
colegios y sobre todo la necesaria mayor intervención del padre (varón) en la
educación de sus hijos varones.
11. Aborda el tema de la masculinización como parte de un
proceso de segregación universal entre niños y niñas que se da naturalmente.
Hay muchos experimentos sociológicos que atestiguan cómo los niños pequeños en
las guarderías pasan más tiempo con los de su mismo sexo que con los del sexo
opuesto. "La tendencia a preferir como compañeros de juego a miembros del
mismo sexo empieza muy temprano" (p. 85). "Se trata de un hecho
elemental en la consciencia identificadora del niño. Negarlo sería correr el
riesgo de confusión sexual, algo que nunca ha propiciado la paz entre los
hombre y mujeres. Reconocerle el estatuto de etapa necesaria es, tal vez, el
único medio para alcanzar luego el reconocimiento de una bisexualidad común, es
decir, la semejanza de los sexos" (p. 86). Se trata de una consideración
útil para una línea de investigación en favor de los colegios que sostienen la
conveniencia de la educación diferencial (de niños y de niñas en colegios
separados) y que según parece se ha recomendado que se apoye con estudios
pedagógicos bien documentados.

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